Siesta, Fiestas, Felicidad, Frivolidad, Índices y Haití

©Happy planet index (HPI)

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Todo está bien: aquí celebramos el premio a la mejor siesta. Alguien con “desconocimiento enciclopédico” proclama que el hecho de que las mujeres estuvieran excluidas “sólo significa que ellas empleaban el tiempo en asuntos más jugosos e importantes”. Supongo que lo sabe pero quiere omitir que durante el antiguo imperio griego la mujer no tenía prácticamente derechos civiles y que han hecho falta demasiados siglos para ponerle solución a un tema tan frívolo. ¿Qué estaría pensando el editor responsable de tal artículo?

En EEUU, un miserable marginal confiesa haber pegado a su mujer, “aunque flojito”. En Francia, una autora de éxito -por suerte no le gustan las entrevistas- proclama que le encanta la frivolidad: “la frivolidad nos salva”, “por eso las mujeres somos menos aburridas que los hombres.” Según ella las mujeres son más frívolas y lo considera una forma de inteligencia. Afortunadamente, queda en entredicho la inteligencia de dicha mente pensante.

Mientras, en Haití siguen sufriendo las secuelas del seísmo del enero pasado, diluvios torrenciales provocados por el huracán Tomás, una epidemia de cólera, una violencia sexual endémica, unas elecciones sin motos, alcohol, ni armas, pero con fraude masivo y obstáculos de todo tipo para obtener tarjeta de voto… en definitiva, poco democráticas. René García Préval confirmó que el país se abocaba al abismo, pero tenía razón cuando declaraba que se había conseguido que se hablara de Haití. Sin embargo, también hace falta una voluntad resolutiva y movilizar recursos de manera global.

Es intrigante, a pesar de este panorama, parece ser que nos preocupa la felicidad; hay una abundancia de estudios e índices sobrecogedora. Todo lo que conlleva “joven”, “nuevo” y “felicidad” vende. La RAE lo define como “Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien. Satisfacción, gusto, contento.” No me convence, pero aceptamos que la felicidad es un estado mental que se caracteriza por un sentimiento de bienestar, alegría, satisfacción y placer y prosigamos. Tal estado no se puede cuantificar, ni valorar por ser de naturaleza compleja, efímera, fugaz, fluctuante y subjetiva. Por tanto, la felicidad no se puede medir, aunque se pueden hacer aproximaciones con una metodología repleta de inconvenientes. Por otro lado, es muy difícil conseguir una metodología que equipare las distintas culturas y sus diferentes escalas de valores para medir la satisfacción.

El OPUS propone meditaciones tediosas sobre la familia y el deseo para sus estudiantes de IESE. Creía que la élite tenía más criterio, pero se reafirma su capacidad de asumir el suplicio.

Facebook simplifica al máximo para evaluar la felicidad (GNH): cuantifican las siguientes palabras escritas en los mensajes dentro de su plataforma: “felicidad”, “estupendo”, “tristeza”, “trágico”. Los resultados son anecdóticos y se limitan a marcar los días festivos y celebratorios.

El estudio Tracking your happiness vía Iphone señala que el hecho de concentrase y evitar que la mente divague genera más felicidad. Los más felices practicaban sexo o deporte y son también los que más aplicados estaban en su tarea –debe ser la adrenalina. Por un lado, está claro que la sobreabundancia de información y aplicaciones no permite el reposo ni la concentración que son requisito esencial para el bienestar. Por otro lado, yo lo entiendo al revés: si la actividad es gratificante, uno se siente mejor y, como consecuencia, uno se concentras más. Concentrarse en el hecho de estar en medio de un atasco no creo que genere mayor satisfacción.

El Planeta Feliz muestra un mapa chocante (HPI) y equívoco, ya que pesa demasiado el factor clima y las tradiciones familiares y releva las desigualdades a un peso marginal. Todo ello conlleva a resultados que no son extrapolables.

Por todo ello, yo descartaría el concepto felicidad excesivamente elusivo y tendería a estudiar el bienestar social, cuyos objetivos son el derecho del ciudadano a una educación, sanidad, seguridad, vivienda y trabajo dignos.

El índice de desarrollo humano (IDH) es un indicador muy restrictivo y básico de la ONU que se basa en un indicador social estadístico compuesto por tres parámetros: (1) Vida larga y saludable: medida según la esperanza de vida al nacer (2) Educación: medida por la tasa de alfabetización de adultos y la tasa bruta combinada de matriculación en educación primaria, secundaria y superior, así como los años de duración de la educación obligatoria (3) Nivel de vida digno: medido por el PIB per cápita PPA en dólares internacionales.

Me parece loable el proyecto encabezado por Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean-Paul Fitoussi que pretende ponderar el bienestar y la sostenibilidad de las economías. Su Net National Product (NNP) toma en consideración no sólo el crecimiento de la riqueza sino el valor y la depreciación de la nación y de sus recursos. Los académicos promueven ampliar los indicadores para valorar el medio ambiente, la igualdad, la calidad de los servicios públicos y los servicios no remunerados dentro de familias y comunidades. No obstante, me da miedo cómo se va a aplicar; el problema suele ser cómo se lleva a la práctica una buena idea.

Aquí, la ministra de cultura utiliza la felicidad interior bruta aunque no existe tal indicador. En Bután sí lo calculan, pero incluyen hasta el número de veces que se reza al día. Precisamente, no es el paraíso terrenal; es preocupante su nivel de delincuencia y de tráfico de drogas, para no mencionar las deportaciones. En países como Canadá, el RU o Francia lo quieren implementar. Sin embargo, los cuestionarios estadísticos pueden estar definidos para justificar políticas macroeconómicas preestablecidas, suelen estar políticamente motivados, son costosos, infringen la privacidad del ciudadano, tiene un sesgo tremendo porque el recibidor no quiere estigmatizarse y la cesta de valores ponderados ha sido establecida con previas estadísticas que pecan de las mismas limitaciones. En cualquier caso, es difícil negar la capacidad tendenciosa y manipulables de tales estadísticas. Si no lo creen, vean una muestra del tipo de preguntas que se plantean:

– ¿Con qué frecuencia olvida su nombre de usuario y contraseña?
– ¿Hasta qué punto se siente irritado?
– ¿Cuál es la última vez que practicó sexo? ¿Fue gratificante?
– ¿Qué siente cuando al quejarse le transfieren a un centro de llamadas?
– ¿Mejora el estado de ánimo las cámaras de vigilancia en cada esquina?
– ¿Cuántas deudas tiene y a quién culpa de ello?
– ¿Disfruta de su familia y de sus vecinos?
– ¿Ha aprendido algo durante la última semana?
– ¿Qué nivel de satisfacción ha alcanzado?
– ¿Tiene al menos dos pares de zapatos?
– ¿Puede permitirse comer carne cada día?
– ¿Es su casa difícil de calentar o demasiado pequeña para recibir amigos?
– ¿Se encuentra por casualidad con amigos?
– ¿Tiene relación con su familia?
– ¿Sus vecinos son insoportablemente ruidosos?
– ¿Se puede permitir comprar regalos, ropa o muebles nuevos?
– ¿Más de un tercio de sus ingresos son destinados a devolver deudas?
– ¿Qué porcentaje de nuevos propósitos ha cumplido durante el último año?
– ¿Ha hecho vacaciones de un mínimo de dos semanas?
– ¿Cuánto rato le cuesta peinarse y quedarse contento con el resultado?
– ¿Cómo de lejos considera que tiene usted al oso más cercano?

Todo ello me recuerda a un curso universitario en Suecia donde se debatió durante dos semanas si Julio Cesar era homosexual. Finalmente, se llegó a la siguiente conclusión: la pregunta era irrelevante. Me pareció muy gracioso y típicamente sueco, pero sí que es cierto que los problemas no vienen tanto por las respuestas que se encuentran sino que tienen un origen en las preguntas y cómo éstas se formulan. Dicho lo cual: ¡Feliz Navidad!

alqart/felicidad-interior-bruta-o-medallas-de-oro-al-merito-en-las-bellas-artes
www.happyplanetindex.org
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worlddatabaseofhappiness.eur
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